jueves, 19 de abril de 2012

BAFICI 2012

"La araña vampiro"

Un joven con su padre. Un viaje a un lugar aislado para buscar tranquilidad porque el joven tiene ataques de pánico. Una cabaña y un aislamiento (y un actor, Alejandro Awada) que remiten a El aura de Fabián Bielinsky. También la falta de adaptación del joven urbano al lugar “salvaje”. Para peor, y para detonar el viaje dentro del viaje, aparece una araña grande y amenazante. El título del film adelanta que esta araña no es cualquier araña. Y el film de Medina, como ocurría con Los paranoicos, no es cualquier film en el contexto del cine argentino. Medina es un narrador convencido y consumado. Y coherente. Cambia de espacio, pero su héroe permanece. Es, al menos hasta este segundo film, uno clásico, de esos que deben probar su valía, sobreponerse a circunstancias que los superan. Así, el joven de los ataques de pánico deberá luchar contra los efectos de la araña, en un viaje por la montaña con un baqueano en el que tendrá que confiar porque no le queda otra alternativa. Viaje, buddy movie, ciencia ficción, coming of age, aventura. A Medina le gustan los géneros. Bienvenido, otra vez, ese gusto.


 "Germania"

En un pequeño pueblo de Entre Ríos, una familia de alemanes se prepara para abandonar su granja, por motivos que tardarán en revelarse. El último día, los dos hermanos adolescentes, Brenda y Lucas, se despiden de sus amigos mientras la madre termina de desmontar la casa. Pero esa despedida está lejos de poner en palabras y hechos evidentes lo que marca la vida y el drama de sus protagonistas. Volviendo al escenario y al tono de su cortometraje Invernario, Maximiliano Schonfeld elude el lugar común del relato costumbrista y nos interna en un mundo áspero, que siempre deja ver más de lo que muestra. El fin de la adolescencia, el deseo sexual, el resquebrajamiento de la noción de familia y las relaciones de clase son algunos de los ejes que despliega, sin alzar la voz ni señalarnos lo que debemos pensar o sentir. Mucho contribuye a este realismo opaco, matizado por una luz opalescente, la verdad de sus actores no actores, especialmente la belleza teñida de sombras de Brenda Krütli y la mirada y el gesto rústico de Lucas Schell.

 

 

"Los salvajes"

Como en un western, todo empieza con un grupo que se fuga, aunque no de la prisión del sheriff sino de un instituto de menores, y que debe hacer un extenso periplo a pie en busca de un lugar, de su lugar. Ellos son Gaucho, Simón, Grace, Monzón y Demián, y para sobrevivir tienen que cazar, robar, hacer valer sus saberes y sus creencias, buscar el rumbo y perderlo y reencontrarlo, controlar sus impulsos, funcionar como equipo. La potencia de Los salvajes está en el talento de Fadel para avanzar en un relato coral sin perder las singularidades de sus intensos personajes; para hacer del espacio un personaje denso y lírico, a la vez material y simbólico, local y universal; para honrar y trascender los tópicos de los géneros clásicos; y para modelar la temporalidad de la narración, comprimiendo y expandiendo, yendo y viniendo de la vibración a la epifanía, ayudado por sus inolvidables personajes, inolvidables actores. Los salvajes está destinada a permanecer.

 

 

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