domingo, 30 de octubre de 2011

El 30 de octubre de 1938, Orson Welles causaba pánico

Domingos de súper acción

Año 4. Edición número 180. Domingo 30 de octubre de 2011
 
El 30 de octubre de 1938, Orson Welles causaba pánico con La guerra de los mundos por radio. En 2011, los medios concentrados lo intentan con el país. 
 
Desde diciembre de 1937, la sociedad norteamericana trataba de olvidarse del posible peligro de una nueva guerra en Europa y deliraba con el programa furor –35 puntos de rating– de la radio: el cómico y ventrílocuo Edgar John Bergen y su muñeco Charlie McCarthy, a quien los escuchas suponían una persona real. El domingo 30 de octubre de 1938 no fue la excepción. La audiencia reía a carcajadas, mientras esperaban la cena, con las ocurrencias de Charlie y las preguntas disparatadas de Bergen, pero aprovecharon el bache provocado involuntariamente por una anodina cantante de jazz para girar el dial. Habían pasado doce minutos de las ocho de la noche. Y la alegría viró violentamente a angustia cuando escucharon la alarma emitida por la CBS desde sus pobres cuatro puntos de rating.

Siete minutos antes, la CBS había brindado un parte meteorológico extraño: “Ligeras perturbaciones atmosféricas con causa desconocida. Ampliaremos”. Luego, hubo una brevísima pausa musical que apenas redondeó los ocho segundos y que fue interrumpida para informar sobre la comprobación de varias explosiones de gas incandescente en Marte. Casi de inmediato, el parte dio paso a las noticias en la voz de Carl Phillips (periodista) y los comentarios de Richard Pierson (astrónomo) y Montgomery Smith (general del Ejército): lo que se suponía un meteorito caído en una granja de New Jersey era un vehículo espacial cilíndrico de poco menos de 30 metros. En directo, el equipo de exteriores de la CBS enviado al lugar hacía escuchar el extraño zumbido que emanaba de ese objeto que había sido rodeado por fuerzas del orden. Todo ocurrió en quince minutos de transmisión ininterrumpida: una puerta del vehículo que se abre, llamaradas, explosiones y un número no determinado de seres que salen del objeto. Relataron los reporteros, las voces descontroladas, el terror en cada palabra, la masacre realizada mediante armas desconocidas y de poder sobrenatural de siete mil hombres (bomberos, policías, soldados) que habían acordonado el área. La invasión marciana era un hecho.
 
Ya nadie volvió el dial a las gracias de Bergen y su muñeco. La audiencia de la CBS se multiplicó por los enloquecidos llamados telefónicos entre familiares y amistades y vecinos. La voz del secretario del Interior llamaba a la calma, pero, al mismo tiempo, informaba que los marcianos, desde decenas de naves, iban destruyendo puentes, rutas, vías férreas y centrales eléctricas. Las cifras de muertos eran incalculables, siguió el secretario, llamando a una urgente evacuación de Nueva York. El periodista Carl Phillips recogía los partes de sus colegas para informar de la ingente aglomeración en las principales vías de salida de la ciudad, cosa que comprobaron, horrorizados, los miles y miles de oyentes que salieron de sus casas en busca de la salvación.
 
Los ciudadanos que habían sintonizado a las ocho en punto la CBS (ese escaso cuatro puntos de rating traducido en personas reales), cómodamente sentados en el living de sus casas, esperando la cena, siguieron el decimosexto programa dominical del Mercury Theatre que, producido por John Houseman y dirigido por el jovencísimo Orson Welles (23 añitos norteamericanos), realizaba la adaptación radiofónica de La guerra de los mundos, la novela que el inglés Herbert George Wells había escrito en 1898.
Los que habían clavado el dial a las 20.12, descubrieron la realidad luego de 40 minutos de pánico.
 



Hubo reacciones de todo tipo: H. G. Wells dijo, desde Londres, que no era responsabilidad suya el haber escrito una novela cuarenta años atrás. La compañía de sopas Campbell, atenta a la audiencia lograda por los actores, decidió patrocinar de manera exclusiva al programa del grupo Mercury, que cambió su nombre por Campbell Playhouse. Los radioescuchas indignados, todavía temblando por el terror de la noche anterior, hicieron llover demandas por daños morales y materiales sobre el Mercury Theatre. La cuestión fue resuelta por Houseman: al comienzo de la transmisión y promediando el programa, se habían realizado los anuncios correspondientes de la obra ficcional que se representaba. Desde Hollywood, ni lerdos ni perezosos, llegaron las ofertas en busca de futuros éxitos: contrataron a Houseman, a Welles y a todo el elenco del Mercury (Joseph Cotten, Agnes Moorehead, Everett Sloane, entre otros jóvenes). El equipo respondió casi de inmediato: dos años y medio después, estrenaban la película Citizen Kane destrozando taquillas.

Orson Welles atendió a una sola demanda, la de un campesino de New Jersey que había gastado en un pasaje de micro el dinero ahorrado para comprarse un par de zapatos. Y, sonriente, envió el par: negros, abotinados, 43, impecables en su caja de cartón.
Desde mayo de 2003, la sociedad argentina trataba de olvidarse del posible peligro de una nueva debacle institucional y deliraba con los medios que –por tradición, por publicidad, por errores de la competencia o por desánimo forzado– venía leyendo y escuchando y viendo desde mucho tiempo atrás.
 
Casi era costumbre un diario preestablecido en la mesa de los bares, el televisor clavado a toda hora en determinado canal de noticias, el deterioro disfrazado de entretenimiento en los mismos canales de aire de siempre. La táctica era el descreimiento. Y si, por ahí, despertaba una creencia, por mínima que fuera, el bombardeo mediático se apresuraba a batir parches para “desenmascarar la mentira”.
 
Así, fueron pasando los meses y los años, las realidades teñidas de ficción y las ficciones disfrazadas de realidades. Los candidatos que sí, pero los candidatos que no, los apocalipsis cotidianos y las amenazas flagrantes, los conflictos que seguro vendrán y las tendencias tendenciosas, los desánimos prestados y las ilusiones envueltas para la ocasión.

Y así se fueron sumando palabras tras palabras para la construcción de un relato a la medida de los poderosos de siempre: las denuncias contra los intelectuales por conveniencia, la certeza de manipulación de la memoria, la idea de que sin artimañas no hay política, el vértigo de que una democracia sin equilibrio es un error, la necesidad de poner un freno al autoritarismo, las valijas de Antonini Wilson, la soberbia de un voto no positivo como emblema de la coherencia, las crisis económicas internacionales que ya van a ver, las sequías y las lluvias como castigos divinos, las elecciones legislativas de 2009 como principio del esperado fin, la muerte como coartada, el luto como maquillaje, la corrupción como estrategia de una Madre de Plaza de Mayo y hasta la insólita sospecha de que la solidaridad popular era producto de una tragedia emblematizada en el uniforme de la viudez. La maldad por la maldad misma, la maldad como ideología, enfatizada por voces, imágenes y textos que se regodeaban en un desenlace fatal. Sólo faltaba que los poderosos de siempre escribieran el nombre de quien se haría cargo de un país que, después de ocho años de encaminarse hacia el mal, retomaba el rumbo preciso hacia otro país. La invasión terrestre era un hecho.
 
Pero el 23 de octubre de 2011, un domingo, la gente, el pueblo, la sociedad, el país dijo qué es ficción y qué es realidad. No hubo, a pesar de los que pronosticaban los poderosos de siempre, una lluvia de demandas como aquellas de hace hoy exactamente, otro domingo, 73 años. Tampoco están Orson Welles, ni el elenco de la Mercury Theatre, ni los zapatos 43 negros y abotinados en una caja de cartón.
 
Quedaron, sí, algunos personajes pregonando que se avizoran nuevas amenazas. Y uno, voz emblemática entre todas, refunfuñando sospechas en forma de preguntas, que tiene cuatro años por delante para aprender a pronunciar, de una vez por todas, el apellido Kirchner.





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