sábado, 29 de enero de 2011

JAVIER BARDEM, SU PERSONAJE EN BIUTIFUL Y SU CARRERA EN EL CINE

“Si querés ser honesto, te tenés que poner en riesgo”

A los 41 años, el intérprete español parece en una cumbre profesional: su segunda nominación al Oscar llega en un momento en el que acaba de filmar con Terence Malick y consigue capear con elegancia el acoso de la prensa a su unión con Penélope Cruz.

Por James Mottram *
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/5-20617-2011-01-29.html


Apenas pasaron las once de la mañana y Javier Bardem se ve cansado. Dos días atrás, antes de viajar a Londres, estaba en Oklahoma, terminando sus escenas para la nueva película de Terence Malick. Pero esto no es solo jet lag. Hay algo en su cara que parece expresar un estado permanente de fatiga. Su mandíbula está cubierta de una barba áspera. Sus ojos marrón oscuro lucen como si estuviera en pausa, con los párpados a medio bajar. Y la sonrisa –si es que se la puede llamar así– está tan arrugada como la campera de corderoy que cuelga a su espalda. Bardem tiene que empezar a activarse, porque tiene por delante todo un día de entrevistas. Para cualquier actor, el proceso de publicitar una película es como la indigestión que sobreviene a una comida. Y, demasiado a menudo, cuanto mejor es la comida más largo es el dolor. 

Bardem ha estado en tareas publicitarias con Biutiful desde que se presentó en Cannes, en mayo de 2010. “Mis amigos suelen decir ‘sos un tipo con suerte, viajando por todos estos lugares para trabajar’. Y yo les digo ‘Te invito a compartir un viaje, con una sola condición: tenés que acompañarme en todo momento’. Ahí es cuando dicen ‘no quiero ir’.”

Tampoco es que Bardem tenga tanto de qué quejarse. Los últimos dos años han sido especialmente fructíferos para el español de 41, desde que ganó el Oscar al Mejor Actor de Reparto por su escalofriante retrato de un psicópata asesino en Sin lugar para los débiles, de los hermanos Coen. 

El y la actriz española Penélope Cruz se convirtieron en todo un tema luego de que trabajaran juntos en Vicky Cristina Barcelona. En julio de 2010 se casaron en una ceremonia privada en las Bahamas, en la casa de un amigo. Y cuando aparecieron fotos de la nueva entrega de Piratas del Caribe, en la que se veía a Cruz con algo de panza, sus representantes debieron admitir el embarazo. Su hijo nació el sábado pasado, en la clínica Cedars-Sinaí de Los Angeles.


Bardem y Cruz son hipersensibles en lo que se refiere a hablar de su relación. Al periodista se le advierte que Bardem puede dar la entrevista por terminada si las preguntas se internan en el territorio personal, lo que marca una gran diferencia con las entrevistas que daba antes de que comenzara la relación. Ser la mitad de la pareja española más glamorosa de Hollywood ha tenido su precio, y lo mantiene con la guardia alta. “Sé de lo que quiero hablar y de lo que no”, dice en un momento del reportaje. Evidentemente, él y Cruz están comprometidos a un código de silencio, quizá para evitar convertirse en otros Brad Pitt y Angelina Jolie.

Para el intérprete español, convertirse en alguien famoso va en detrimento de la actuación, aún más si se es parte de una pareja célebre. Aunque Bardem ha estado en la pantalla por más de la mitad de su vida, sólo en los últimos años su trabajo empezó a tener un equipaje no deseado. “Mi trabajo es intentar retratar una conducta. Pero no puedo observar conductas porque la gente me está observando a mí. Te sentís absurdo, y no es natural. Estás en un zoológico. Vas a un negocio y la gente te mira. Es la única cosa que me pone un poco nervioso, pero está bien. La gente cree que los actores quieren ser famosos, pero no. Bueno, algunos de ellos sí, pero... yo estoy haciendo este trabajo porque es mi manera de expresar algo. Necesito hacerlo.” Si la mayor dificultad para hacer bien el trabajo tiene que ver con el aspecto cansado de Bardem, el trabajo en sí no ha ayudado mucho. “Sin dudas”, refunfuña: Biutiful, rodada en Barcelona, es sin lugar a dudas la película más dura de su carrera. Allí interpreta a Uxbal, un padre soltero de dos hijos que descubre que tiene un cáncer en fase terminal. En Cannes, Bardem ganó el premio al Mejor Actor –compartido con el italiano Elio Germano–, y en su discurso de aceptación se permitió un raro momento de indiscreción al decir: “Mi alegría, mi amiga, mi compañía, mi amor, Penélope: te debo mucho, te amo mucho”. Sean Penn se quedó sin palabras, y luego definió el trabajo de Bardem como “la mejor performance desde Marlon Brando en Ultimo tango en París”.

No era la primera vez que Bardem recibía semejantes elogios. Una década atrás hizo su irrupción internacional en Antes que anochezca, de Julian Schnabel, donde interpretó al perseguido poeta gay cubano Reinaldo Arenas. Además de ser nominado al Oscar al mejor actor, Bardem recibió lo que llamó “uno de los mejores regalos que haya recibido”: Al Pacino lo llamó a su hogar en Madrid y le dejó un mensaje en su contestador automático, explicándole que tras ver la película había querido llamarlo de inmediato para decirle cuánto le había gustado.

Muchos de los mejores momentos de Bardem en pantalla lo han mostrado en personajes que sufren físicamente. Arenas se contagió de sida, y Bardem también hizo dos personajes paralizados. En Carne trémula, de Pedro Almodóvar, era un policía confinado a una silla de ruedas tras haber sido baleado en cumplimiento del deber. En Mar adentro fue Ramón Sampedro, un mecánico de la vida real que luchó durante 29 años por el derecho a terminar con su propia vida luego de que un accidente de buceo lo dejara cuadripléjico. “Ves a un ser humano en condiciones extremas –dice Bardem–, y encontrás algo muy poderoso.”

Pero Biutiful es diferente. “En Mar adentro se trata de una persona que tiene muy claro lo que quiere. Aquí tuve que retratar a alguien con un problema al que tiene que enfrentar.” Habitar la piel de un hombre moribundo ya es una cosa, pero además Uxbal es alguien que aún debe hacer las paces con su inminente final, y con quienes lo rodean. Con el rostro paulatinamente más ceniciento, según reseñó un crítico, Bardem “parece estar soportando no sólo el peso de la película, sino también el peso del mundo”. Se ríe cuando se le menciona la frase, pero no fue broma tener que meterse con esa clase de temas durante los cinco meses que duró el rodaje. “No había salida –suspira–. No había ningún camino de escape.”

El director de la película, Alejandro González Iñárritu (Amores perros, 21 gramos, Babel), compara el impacto de hacer la película con haber sido atropellado por un toro. Bardem concuerda. “No es una película en la que decís tus líneas y te vas a casa –dice–. El actor quiere encarnar a alguien con honestidad, y si querés llegar a ese lugar de honestidad, a veces te tenés que poner en riesgo.” Está tremendamente orgulloso de Biutiful. “El mayor regalo de esta película es lo que aprendí mientras la hacía, personal y profesionalmente. Profesionalmente aprendí un montón de cosas. Personalmente, todavía lo estoy procesando. Así de intenso fue.” La película lidia con la enfermedad, la muerte y el más allá (Uxbal puede conectarse con espíritus), y Bardem no es ajeno a tales temas. Experimentó la muerte de su padre a los 25, y ahora es ateo. “No estaba muy comprometido con el catolicismo, pero de pronto todo me pareció muy obvio: ahora creo que la religión es nuestro intento de encontrar una explicación, de sentirnos más protegidos.” Pero no desprecia a aquellos que aseguran ser médium: conoció a tres durante su investigación. “Quieras creer o no, está bien –dice–. Pero tienen ese don. Es obvio. No están locos.”

Dada la naturaleza del material, tiene sentido que luego Bardem haya hecho Comer, rezar, amar, una película sobre el autodescubrimiento espiritual en el que interpretó a un brasileño divorciado que corteja a Julia Roberts. “En un nivel personal sabía que era tan importante como Biutiful, en el sentido de ‘¿Qué he recibido?’. Necesitaba recibir algo, por eso hice Comer, rezar, amar. Y lo recibí. No es que me curó, porque no estaba enfermo. Pero me ayudó a...” se detiene, y exhala.

–¿Recuperarse?

–Exacto.

Aun así, a Bardem jugar al amante latino también le resulta fácil. Piénsese en el pintor de Vicky Cristina Barcelona, que exuda tanta autoconfianza como para sugerirle un trío a Scarlett Johansson y Rebecca Hall. Ya en Jamón Jamón (1992), la primera película en la que actuó junto a Penélope Cruz, él jugaba con la imagen, interpretando a un aspirante a modelo de ropa interior y torero. Aun así, no es típicamente guapo (su nariz rota es cortesía de una pelea de bar a los 19 años) y parece desconcertado por su status de sex symbol. “No veo esa cosa rompecorazones en mí ni por asomo”, dice.

Nacido en Las Palmas de la Gran Canaria, Bardem es el más joven de tres hermanos, en lo que llama afectuosamente “una familia de gente loca”. Sus hermanos Carlo y Mónica también actúan, como lo hicieron sus abuelos y su madre, Pilar, que lleva cincuenta años en la profesión; su tío Juan Antonio es director. A pesar de esos antecedentes, en principio Javier pareció más volcado a la pintura que a actuar: cualquier cosa menos la Academia, porque no era buen estudiante. “No estoy muy orgulloso de eso. Si pudiera volver al pasado estudiaría más. Te perdés la oportunidad de saber cosas. Claro que cuando tenés 18 años no querés saber, querés vivir.” En la adolescencia estaba obsesionado con el rugby, que comenzó a jugar cuando tenía nueve años y practicó durante quince, hasta llegar a integrar el equipo nacional de España (lo cual, dice, “es como ser un torero japonés”). Eso le enseñó a trabajar en equipo, algo que considera parte esencial de la realización de películas: “Por eso tengo tantos problemas cuando en un set de filmación se instala un ego”. La carrera de jugador se superpuso tres años con la de actor. Después del éxito de Jamón Jamón, la fama fue tal que los jugadores rivales hacían fila para enfrentarlo en el scrum.

Ahora son algo más que los jugadores de rugby los que lo reconocen, y a su favor (y si se excluye la vacación de Comer, rezar, amar) hay que decir que evitó hacer la plata fácil de Hollywood. Se habla de un posible protagónico en una película sobre los 33 mineros chilenos atrapados en la mina, pero la idea parece repelerlo. “Creo que es demasiado pronto para hacerlo con cierta justicia”, argumenta. En su lugar, acaba de disfrutar un viaje a lo desconocido, trabajando con un gran cineasta como Terence Malick en una historia de amor aún sin título. “Para mí, el mayor placer es dejarse ir”, dice. Y es en esos momentos cuando se ve lo mejor de Bardem.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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