miércoles, 20 de enero de 2010

No es inevitable

Washington Uranga relaciona política y comunicación y cuestiona que los actores políticos condicionen su metodología a las lógicas y a los intereses mediáticos.
Por Washington Uranga



El espacio público, visto desde la comunicación, es un ámbito de intercambios permanentes entre actores sociales, entendidos éstos como grupos que se conforman sobre la base de intereses, propósitos o necesidades comunes. En esta categoría de actores sociales entran desde los partidos políticos hasta los sindicatos, las corporaciones, los agrupamientos empresarios o los llamados movimientos sociales. Todos ellos están en permanente disputa en esa arena común denominada espacio público, con la pretensión de imponer sus puntos de vista logrando la adhesión de los interlocutores-ciudadanos. En otras palabras: construir sentidos que, a modo de categorías interpretativas, sirvan como cristales para leer lo real. La mayor victoria es que mis criterios sean asumidos por otros como propios.
El escenario de la comunicación –reforzado por los medios pero no limitado a ellos– se ha convertido en espacio esencial de la disputa política por el poder. La crisis de los partidos políticos no sólo los ha deslegitimado como interlocutores, sino que ha vaciado a la organización partidaria. No hay allí ni debates ni intercambios ni, en definitiva, formación política. El partido dejó de funcionar como lugar natural de comunicación para el diálogo y la construcción política, también para la captación de adherentes. Conscientes de tal vaciamiento y carentes de imaginación, recursos y capacidades para pensar alternativas, los así llamados dirigentes políticos se han lanzado a los brazos de quienes manejan el sistema de medios porque están convencidos de que ése es el más importante (¿el único?) camino para llegar a la ciudadanía, instalar sus ideas y ganar adhesiones.
Pocos reparan en que lejos de servirles de tribuna, los autoproclamados medios y comunicadores “independientes” son quienes verdaderamente manejan la agenda de los temas y deciden sobre lo que se puede y debe hablar en función de los intereses de sus empresas, de los grupos económicos que están detrás y de las alianzas que ellos mismos y sus patrones realizan con los grupos de poder.
Similares criterios se usan para invitar a tal o desplazar a cual. En esta línea se construye una falacia de la diversidad: se abre el micrófono o se ofrece la cámara a distintos voceros de un arco ideológico dispar (desde la derecha hasta la izquierda) siempre y cuando antes se haya garantizado que todos ellos se pronunciarán en contra del adversario escogido, que puede ser un día el gobierno, otro día “los piqueteros” y al siguiente “la falta de seguridad jurídica”. De la misma manera se procede cuando se necesita construir opinión “a favor de”.

Pero si este mecanismo ocurre con los dirigentes de la política entendida en términos más tradicionales, no es diferente con los llamados movimientos sociales, que si bien desarrollan tareas de construcción política y organizacional en ámbitos barriales y territoriales reducidos carecen también de correas de transmisión para llevar sus posiciones, sus puntos de vista y sus demandas ante el Estado, los grupos de poder u otros actores sociales. El camino recurrente –transformado hoy ya en práctica política– es irrumpir en el espacio público (entendido en este caso como el lugar físico donde todos habitamos y transitamos: una avenida, una plaza, un edificio público) para producir una distorsión que, montada sobre la base del ocasional perjuicio a terceros, convoque a las cámaras, a los micrófonos y a los periodistas y las empresas para las que éstos trabajan. No se trata aquí de criticar o reivindicar el método, sino simplemente de constatar un hecho. En definitiva, movimientos y organizaciones sociales, con otro perfil ideológico y otros objetivos, también están aceptando que la manera de llegar con su mensaje y de incidir socialmente es convocando a los mismos medios y grupos multimediales que representan intereses totalmente opuestos a los suyos. Probablemente esto ocurra sin llegar a percibir que, generado el acontecimiento, sus demandas pasan a un segundo plano, y el hecho noticioso se construye sobre la base de los recortes y los intereses del poder mediático. Quizá también para estos actores sociales sea la oportunidad de pensar otra forma de relación política con la sociedad, aceptando además que hay otros medios, otros periodistas, otras estrategias y otra manera de hacer comunicación.

Es verdad que vivimos en una sociedad mediatizada. Es cierto que la política pasa por los medios. No es verdad que la única forma de hacer política en la actualidad es a través de los medios. Y es muy riesgoso para la democracia y para la vigencia integral de los derechos que la política se subordine a los intereses y a las ambiciones de los grupos multimediales. No es inevitable. Los medios pueden ayudar a la participación y la democracia, pero no son, de ninguna manera, el declamado espacio de la diversidad, de la libertad y de la independencia.

Fuente: Página /12
20-01-10

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